

PREFACIO
Estoy pensando en que tengo que hacer una tarea que no quiero; es de matemáticas y necesito los puntos porque creo que me voy a quedar en esa materia.
Se escucha un zumbido seguido de un silencio, el cual desata murmullos a lo lejos. Se fue la luz.
—¡Mamá! —grité un poco asustado—, quería estar seguro de que no estaba solo.
—¿Qué te pasa, cipote? —me gritó—.
La vi encendiendo unas candelas, aproveché que estaba distraída y salí de la casa. Mi mamá me guachó y me preguntó:
—¿Para dónde vas?
—Voy a salir al pasaje —le dije.
—No te vayás a ir lejos, cuando venga la luz, revisamos la tarea.
No dije nada. Pero mi cara en la oscuridad dijo todo.
No quería que descubriera que no la había hecho, pero igual la regañada la tenía segura.
Salí al pasaje y pegué un chiflido.
Todos los güirros del pasaje atendieron a mi llamado.
—¿Qué ondas, Antonio? —me dijo mi vecino Dan.
—Hablémosle a los demás —le dije.
Salieron unos con sillas de plástico, otros con latas y otros sin nada; sabían que les tocaría el suelo o algún bloque mal puesto.
Nos reunimos y empezamos a chistear y burlarnos de Carmen; le tocábamos los pies y pegaba grandes saltos.
De repente se me ocurrió meterles miedo y les dije:
—Hey, estaba escuchando a mi mamá aquel día y dice que esta colonia antes era pura cañera y que aquí venían a tirar muertos.
Casualmente, la luna se colocó justo en el centro para darnos esa claridad tenue donde apenas solo mirábamos siluetas y rasgos. Cuando mencioné lo de la colonia, todos se encresparon y allí comenzó la noche de cuentos y leyendas…
Ya tenía toda su atención…